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Presentación de la obra « Chupadero »

Observatorio Hispano Argentino

Susana García Iglesias

1 de diciembre 2006

 

mesa redonda

 

Después de leer “Chupadero” podemos afirmar sin ningún género de dudas que es un libro impresionante pues se trata de un testimonio descriptivo, auténtico y profundo, como sólo lo puede hacer alguien que lo conoció en directo.

Se trata también de un libro reflexivo ya que ahonda y reflexiona sobre temas que forman parte de los epifenómenos que tuvieron lugar en ese espacio donde la locura, las relaciones perversas son un componente importante para entender los comportamientos de verdugos y supliciados.

 

“El Chupadero” habla de la muerte, del sufrimiento y del dolor pero también de la memoria, de la vida y de los sueños.

  1. Habla del sufrimiento de los detenidos y describe los sentimientos que emergen al saberse más allá del mundo de los vivos sin estar muertos: “ en realidad los trataban como casi muertos” dice en la página 65. Habla de su deseo de muerte como liberadora de “ese pozo incierto que lo aterraba”, pág.15
  2. Habla de las relaciones de poder, de ese peculiar poder que se gesta en un campo de concentración donde el verdugo tiene el convencimiento de que es un Dios, con poder de decisión sobre la vida y la muerte de los detenidos. Pero también describe ese complicado entramado de relaciones entre unos y otros que los lleva a convertirse a todos en víctimas. Porque los verdugos terminan siendo víctimas de sus propias atrocidades: “uno se transforma en su contrario, es un principio de la dialéctica, tal vez no hayamos entendido bien su significado”, dice en la pág. 65, parafraseando a Mao.  
  3. Nos hemos preguntado muchas veces cómo pudieron gente joven, normal, educados, transformarse en monstruos. José Mutchnik nos lo explica con claridad. “cuando el terror y la locura se apoderan del Estado, los pequeños reinados en manos de enfermos mentales proliferan” Pág.153.
  4. Habla de lo sentimientos de los familiares atravesados por la incertidumbre y el desconcierto, padeciendo una espera interminable que lascera el alma.
  5. Habla de la extrañeza de los exiliados, peleando por adaptarse a una realidad nueva a la que le cedieron el cuerpo dejando la mente y el corazón en el lugar de donde fueron arrancados.
  6. Habla también, de los hijos apropiados, que les fue arrancada su identidad:  “en algún yacimiento quedó enterrada su vida anterior, en una veta profunda a la que será muy difícil acceder, pero una aureola invisible de esa vida aflorará en futuros temblores de su memoria…” Pág.130 “En Argentina, mientras las banderas del mundial seguían flameando, cientos de bebés trataban en la niebla de reconocer algunos olores, buscando en las ranuras de la vida el paso de sus huellas”. Pág.131

 

Pilar Calveiro, sobreviviente del campo de concentración de la ESMA escribe:”

La represión consiste en actos arraigados en la cotidianeidad de la sociedad, por eso es posible”.

 

Si seguimos por esta línea, nos encontramos que hay que analizar el papel que jugaron las Fuerzas Armadas entre 1930 y 1976. Los sectores dominantes le fueron dando un peso político propio y una autonomía relativa creciente, que los llevó a convertirse en el núcleo duro y homogéneo del sistema, con capacidad para negociar el acceso al gobierno de los sectores decisivos, así como su expulsión cuando no servían para representar a los sectores poderosos.

 

El proceso conjunto de autonomía relativa y acumulación de poder las llevó a asumir el papel mismo del Estado,  de su preservación y de su reproducción en el marco de una sociedad, cuyos partidos políticos no eran capaces de imponer un proyecto hegemónico.

Así se convirtieron en “golpistas”, si bien se llamaban así mismos “salvadores” porque eran sectores importantes de la sociedad civil los que le reclamaban una y otra vez que cumplieran ese papel.

 

Civiles y militares  son los que han sostenido en Argentina un poder basado en el autoritarismo, el golpismo y la represión. Represión cada vez más radical, hasta llegar al  límite de buscar una sociedad controlada y aterrada para lo que era necesario “hacer desaparecer” a todo lo que se oponía a su modelo.

 

En 1976 la sociedad estaba harta, clamaba por recuperar algún orden y los militares estuvieron dispuestos a  ello una vez más y el país estaba decidido a cerrar los ojos y dejarse rescatar con tal de recuperarse de la crisis económica más fuerte de la historia argentina, de librarse del desastroso gobierno de Isabel Perón y del rebrote de la guerrilla.

 

Las tres armas se pusieron de acuerdo en forma unánime para hacer todos los cambios necesarios para construir un nuevo país. Una Argentina distinta requería exterminar a los grupos que  constituían un obstáculo por sus ideas o sus acciones.

La manera de hacerlo debía ser necesariamente brutal. Los militares argentinos se impusieron a sí mismos la disciplina y la obediencia mediante la prepotencia y la arbitrariedad y nunca faltó, desde principios de siglo, el método del castigo físico. De ahí es que, para imponer el orden, hay que internalizar la sumisión a la autoridad. Una autoridad que no se cuestiona, cuyas órdenes no se discuten y que, cuanto más cruel más difusa.

La larga cadena de mandos por la que atravesaban las órdenes, sirvió para que la obediencia sea ciega y la responsabilidad se diluyera. El ejecutor, dentro de la cadena de mandos, no tiene el control sobre el proceso en su conjunto, sólo obedece órdenes que no cuestiona por miedo a la potencialidad destructiva de la institución y  porque así lo tiene grabado desde siempre, por formar parte de la misma. Se siente libre de cuestionamientos y de responsabilidades. Obedece como si no tuviera otra elección.

 

Desde este convencimiento profundo, las atrocidades que se cometen forman parte de una rutina que las convierte en naturales. Al fin y al cabo, cada uno de los subordinados forma parte de un mecanismo complejo que no controla y que puede destruirlo.

 

Los campos de concentración son la expresión más clara de este mecanismo. Son una máquina de destrucción, representan el poder oculto, omnipotente. Es  el lugar más idóneo para instalar la sensación de impotencia frente a él y lo único que cabe esperar es la sumisión.

Este poder, cuyo núcleo duro es la institución militar pero que comprende otros sectores de la sociedad, que se ejerce en gobiernos civiles y militares desde la fundación de la Nación, cambiando y repitiéndose, se pretende a sí mismo como total.

 

Sin embargo, esta totalización es sólo una pretensión del poder. Siempre hay algo que se le escapa, que se excluye de su complejo sistema y que tiene que incluir como lo disfuncional, asignándole un lugar específico. La manera en que lo hace revela la índole del poder.

En Argentina, el asesinato político y la tortura fueron una constante, una modalidad sistemática desde la revolución de 1930 para los prisioneros políticos y una práctica constante y aceptada socialmente para los delincuentes comunes. El secuestro y posterior asesinato con aparición del cuerpo de la víctima se realizó, sobre todo a partir de los años setenta, aunque de una manera relativamente excepcional.

 

Pero todas estas prácticas crueles se diferencian sustancialmente de la desaparición de personas.

La desaparición, como forma de represión política tiene antecedentes como práctica excepcional de los grupos paramilitares a lo largo de los sesenta y se convierte en una política institucional  durante el gobierno de Isabel Perón, a partir del decreto del poder ejecutivo donde se da la orden de aniquilar a la guerrila. Desde ese momento, a través del Operativo Independencia en Tucumán, la desaparición de personas se hace con el silencio y el consentimiento del gobierno peronista, de la oposición radical y de amplios sectores de la sociedad.

Otros , no sabían nada o no querían saber. En ese momento aparecieron las primeras instituciones ligadas indisolublemente con esta modalidad represiva: los campos de concentración-exterminio.

Estos hicieron su aparición durante el gobierno de Isabel Perón, es decir, durante la vigencia de las llamadas instituciones democráticas, pero en ese momento eran una de las tecnologías de la política represiva, una de las formas de integrar lo disfuncional.

 

A partir del Golpe de Estado de 1.976, las tres armas de la institución militar decidieron convertir  la desaparición de personas y el campo de concentración-exterminio en la modalidad represiva del poder, ejecutada de manera directa desde las instituciones militares. No fue un hecho aislado, no fue un exceso de grupos incontrolados. Fue una tecnología represiva adoptada en forma racional y ejecutada en forma centralizada bajo el comando conjunto de las Fuerzas Armadas y siguiendo la cadena de mandos.

 

 No es producto de una extraña perversión, no es algo ajeno a la sociedad argentina y a su historia, forma parte de su trama.

Los campos de concentración son un secreto a voces que todos temen, muchos desconocen y unos cuantos niegan. No hay campos de concentración en todas las sociedades. Hay poderes asesinos, pero no todos los poderes son concentracionarios. Esto es sólo posible cuando el intento totalizador del poder se sumerge profundamente en la sociedad y se nutre de ella.

Es en esos momentos tremendos de una sociedad, que luego se pretenden olvidar sin éxito, cuando aparecen sin tapujos sus secretos, y sus vergüenzas.

 

“Aunque fuera verdad que eran muchos los que sabían poco y pocos los que sabían todo. Nadie podrá nunca determinar con precisión cuántos, dentro del aparato nazi, podían no conocer las espantosas atrocidades que se estaban cometiendo; cuantos sabían algo, pero estaban en condiciones de fingir que lo ignoraban; y cuantos hubiesen tenido la posibilidad de saberlo todo, pero, eligieron la vía más prudente de tener los ojos, los oídos y sobre todo la boca bien cerrados. Como quiera haya sido y, aunque no pueda suponerse que la mayoría de los alemanes aceptara la masacre sin inmutarse, la verdad es que la escasa difusión de la verdad sobre los Campos constituye una de las mayores culpas colectivas del pueblo alemán y la demostración más clara de hasta qué grado de vileza lo había reducido el terror hitleriano. Una vileza que se había convertido en hábito, tan profunda que impedía a los maridos hablar con sus mujeres, a los padres con sus hijos. Vileza sin la cual no se habría llegado a las mayores atrocidades y Europa y el mundo serían hoy distintos”. (Los Hundidos y los Salvados. Primo Levi).

 

Entre 1976 y 1982 funcionaron en Argentina más de 400 campos de concentración-exterminio, distribuidos en todo el territorio nacional, registrándose su existencia en 11 de las 23 provincias argentinas. Se estima que por ellos pasaron entre 15 y 20 mil personas, de las cuales aproximadamente el 90% fueron asesinadas.

En medio de los grandes volúmenes, los hombres se transforman en números y se pierde la noción de que estamos hablando de individuos. La masificación deshumaniza. La sentencia de muerte de un hombre era sólo la leyenda “QTH fijo” sobre el legajo de un desconocido…Esto explica cómo los militares se transformaron en una máquina asesina, en simples ladrones, en secuestradores, torturadores. Fueron parte comprometida con el conjunto de la política institucional de la represión, de la maquinaria construida por ellos mismos y cuyo mecanismo hizo que la muerte fuera una rutina, algo natural y burocrático.

El dispositivo de los campos se encarga de fraccionar su funcionamiento para que nadie se sienta responsable. La orden del superior jerárquico justifica cualquier procedimiento. La implicación de prácticamente todos en los trabajos represivos no sólo sirvió para que todos se “ensucien las manos”, sino para que no exista responsabilidad moral.

 

Nunca llamaron a las acciones represivas por su nombre. Utilizaron siempre un lenguaje destinado a diluir la responsabilidad, a igualarla entre todos los participantes y en última instancia, desaparecerla.

No se tortura, se “interroga”; no se mata, se ”manda para arriba”; no se secuestra, “se chupa”; no hay masacres colectivas, hay “traslados”. No se habla de prisioneros, se habla de “bultos”, “paquetes”, “subversivos”

 

La defensa del General  Augusto Pinochet afirmó que ni Hitler, ni Stalin ni Pinochet han torturado nunca personalmente a nadie. También lo dijeron  los oficiales nazis, que se ocuparon sólo de un eslabón de la cadena asesina.

¿De quién es la responsabilidad entonces?

 

Hemos sabido conservar la Memoria, estamos haciendo Justicia y como dice José Muchnik en su libro, la Verdad se abre paso entre las dificultades y más tarde o más temprano, sale a la luz. Lo que no hemos aprendido es a evitar que estos hechos se sigan repitiendo día tras día en muchos lugares del mundo.

 

Tengamos fé, esperanza y luchemos por ello.

 

Susana García Iglesias

5-12-2006